Millones de personas pasan cada año por un servicio de urgencias. Muchas salen con un diagnóstico, un tratamiento o, al menos, con la certeza de que no se están muriendo. Pero un número no despreciable regresa a casa con algo más difícil de nombrar: la sensación de haber asistido a su propia vida desde fuera, como si el cuerpo y la identidad hubieran quedado temporalmente en suspenso mientras el hospital actuaba a su alrededor.
Esa experiencia —extrañamiento del propio cuerpo, distorsión del tiempo, pérdida de control sobre la narrativa de lo que ocurre— es el punto de partida de un ensayo reciente. El trabajo, titulado Liminalidad cinematográfica: una revisión interdisciplinar de la experiencia fenomenológica del paciente en los servicios de urgencias, no pretende diagnosticar ni proponer intervenciones clínicas. Se limita a poner en diálogo cuatro cuerpos de literatura que raramente se citan entre sí y a ofrecer un concepto sensibilizador que permita nombrar lo que hasta ahora se ha descrito por fragmentos.
Cuatro piezas de un mismo mosaico
La primera pieza procede de la psiquiatría del trauma. Desde el estudio clásico de Noyes y colaboradores en 1977 se sabe que una proporción significativa de personas expuestas a peligro vital agudo experimenta disociación peritraumática: despersonalización, desrealización y, de forma especialmente frecuente, alteración de la percepción del tiempo. Investigaciones posteriores realizadas directamente en servicios de urgencias confirman que estos síntomas no son raros ni exclusivamente “psiquiátricos”. Aparecen en pacientes que acaban de sufrir un accidente o una crisis médica y que, desde el punto de vista clínico, no presentan lesiones graves.
La segunda pieza es antropológica. Victor Turner, partiendo de los ritos de paso de Van Gennep, describió la liminalidad como ese estado intermedio en el que las categorías sociales habituales quedan suspendidas: ya no se es lo que se era, pero todavía no se es lo que se será. Investigadores de enfermería han aplicado este marco al recorrido del paciente traumatológico por urgencias y han encontrado que ayuda a dar sentido a emociones que, de otro modo, resultan difíciles de articular.
La tercera dimensión es institucional. Parsons habló del “rol de enfermo”, Foucault de la mirada clínica que convierte al sujeto en conjunto de signos objetivables, y Goffman —con las debidas matizaciones— del control que ciertas organizaciones ejercen sobre el tiempo y el movimiento de las personas que pasan por ellas. Estudios cualitativos recientes muestran que los pacientes no solo sufren esta pérdida de agencia: a veces la adoptan activamente para no añadir más carga a un personal visiblemente sobrecargado.
La cuarta pieza es existencial. Un análisis publicado en 2026 a partir de entrevistas y notas de campo en un servicio de urgencias identificó un tema recurrente: “vulnerabilidad existencial en un entorno técnico”. Desorientación, sensación de irrealidad, proximidad percibida de la muerte e incertidumbre, todo ello enmarcado en un espacio diseñado prioritariamente para la intervención biomédica rápida.
Un término que intenta unir los cabos
El autor sostiene que estas cuatro dimensiones no son fenómenos independientes que coinciden por azar en la misma sala. Están entrelazadas. La despersonalización facilita la adopción del rol pasivo; la mirada clínica refuerza la sensación de irrealidad; el tiempo fragmentado dificulta la construcción de un relato coherente. El resultado es una experiencia estructural para la que aún no existe un término integrador consolidado.
La propuesta del autor es el concepto de liminalidad cinematográfica. El sustantivo recoge la dimensión de tránsito identitario; el adjetivo, la cualidad fenomenológica de observar los acontecimientos desde cierta distancia, “como en una película”. No se presenta como entidad clínica ni como categoría diagnóstica, sino como concepto sensibilizador en el sentido de Herbert Blumer: una herramienta orientativa que dirige la atención hacia aspectos de la realidad sin imponer de antemano lo que se va a encontrar. Para contextos más formales ofrece una formulación alternativa: “experiencia liminal de desrealización en un entorno institucional medicalizado”.
El ensayo es explícito sobre sus límites. Se trata de una revisión narrativa exploratoria, no sistemática, realizada por una sola persona sin formación clínica. No genera datos primarios. Existe el riesgo de haber forzado coherencia entre estudios de epistemologías distintas. Y el propio autor reconoce que la metáfora cinematográfica puede no capturar todas las variantes posibles de la experiencia (algunos pacientes, por ejemplo, la viven de forma más cercana a la resolución de un enigma que a la contemplación de una película).
Por qué importa
Lo interesante del trabajo no es tanto la inventiva del término como el diagnóstico que ofrece: no falta evidencia sobre esta experiencia; falta integrarla. Mientras cada disciplina cartografía su fragmento del territorio, la persona que sale de urgencias y trata de explicar lo que sintió carece de un vocabulario compartido. Nombrar esa experiencia de forma más completa no resuelve, por sí solo, las tensiones estructurales del servicio de urgencias —flujo constante, priorización por gravedad, tiempo relacional limitado—. Pero puede orientar conversaciones sobre diseño de espacios, comunicación clínica y formación del personal que hasta ahora han ocurrido en habitaciones separadas.
El autor cierra proponiendo una agenda de investigación futura: entrevistas fenomenológicas con pacientes recientemente dados de alta, analizadas de forma que respeten la voz de quien narra sin forzarla prematuramente dentro de ninguno de los marcos revisados. Solo entonces se podrá comprobar si el concepto de liminalidad cinematográfica captura algo real y compartido o si se trata, simplemente, de una construcción elegante superpuesta a fenómenos parcialmente distintos.
Mientras llega esa investigación, el ensayo deja al menos una pregunta útil sobre la mesa. Si la estructura misma del servicio de urgencias hace estructuralmente difícil eliminar por completo esta experiencia liminal y disociativa, ¿el objetivo debería ser reducirla o, más bien, reconocerla y acompañarla mejor durante el tiempo en que necesariamente ocurre?

