La última novela de Eduardo Garbayo es un golpe de aire frío en la nuca de la ciencia ficción contemporánea: rigor técnico, ritmo cinematográfico y una ternura inesperada por lo humano. En sus primeras páginas se nos planta una premisa simple y potente —un hallazgo en la llamada “órbita cementerio” que obliga a la ciencia y a la política a mirarse al espejo— y a partir de ahí el libro despliega su maquinaria narrativa con precisión de relojero.

Sin spoilers: aquí no encontrarás fuegos artificiales narrativos ni explicaciones perezosas. El autor privilegia la curiosidad metódica y la conversación (técnica y moral) sobre la espectacularidad; la tensión nace de la incomodidad del conocimiento y de las decisiones humanas cuando lo desconocido exige respuesta. El ritmo alterna escenas de sala de control, debates diplomáticos y momentos íntimos que recuerdan que, al final, quien responde (o falla) es siempre la gente.

¿Por qué leerla? Porque combina la mejor tradición de la ciencia ficción “dura” —explicaciones plausibles, detalles de ingeniería, protocolos, costes políticos— con una reflexión filosófica sobre el contacto, la responsabilidad y la fragilidad colectiva. Es narrativa para quien disfruta entendiendo cómo funcionan las cosas sin renunciar a que la historia duela y emocione.

Recomendación: perfecta para blogs que busquen una reseña que venda inteligencia y emoción. Si te gusta la ciencia ficción que te exige pensar mientras te mantiene pegado a la página, pon esta novela en tu lista.

Mi resumen en una línea: ciencia ficción rigurosa con alma, que nos pregunta si estamos preparados para lo que pedimos al cielo.